4 de septiembre: Día de San Moisés, el profeta que liberó al pueblo de Israel

Este santo es una figura importante en varias religiones como el cristianismo, judaísmo e islam.

Moisés es uno de los personajes centrales del Antiguo Testamento y según las Sagradas Escrituras era hijo de Amram y Jacobeb, quienes eran miembros de la tribu de Leví.

El profeta fue abandonado por su madre en una cesta que lanzó al Nilo, debido a la persecución que había contra los israelitas, a través de un decreto que ordenaba la muerte de todos sus hijos varones. Razón por la cual las madres hebreas tenían que deshacerse de ellos.

Cesta tejida flotando sobre el río.| Fuente: Shutterstock

Cesta tejida flotando sobre el río.| Fuente: Shutterstock

El pequeño fue recogido de las aguas por una princesa egipcia, que se lo llevó a la corte del faraón como hijo adoptivo, llamándolo “Mossu” o Moisés.

Su nombre, está relacionado con la noción del agua, tanto en las fuentes egipcias como en las hebreas.  Moisés significaría inicialmente “entregado por las aguas”.

Junto a la familia real, se formó de acuerdo a la educación cortesana, llevando una vida tranquila y privilegiada.

Templo funerario de Sethi I, completado por Ramsés II.| Fuente:Shutterstock

Templo funerario de Sethi I, completado por Ramsés II.| Fuente:Shutterstock

Sin embargo, cuando se hizo adulto, comenzó a ver la brutalidad que existía en los trabajos forzados que debían realizar los esclavos hebreos, para la construcción de una ciudad residencial que llevaría el nombre de su fundador Ramsés II.

Un día, al ver la crueldad con la que un capataz egipcio maltrataba a un esclavo, el profeta acabó con la vida del egipcio, lo que lo llevó a tener que huir de Egipto.

Moisés escapó hacía la península del Sinaí y allí tuvo que adaptarse a uno nueva vida.

Monte Sinaí.| Fuente: Shutterstock

Monte Sinaí.| Fuente: Shutterstock

Por varios años vivió como un beduino, conduciendo sus rebaños de un sitio a otro en busca de tierras para pastar.

Según la Biblia, en cierta ocasión, Moisés llevó a su rebaño al monte Horeb ​ y allí notó una zarza que ardía sin consumirse.

Cuando Moisés se acercó para observarla más de cerca, Dios le habló desde la zarza, revelando su identidad e intenciones:

Moisés y la zarza ardiente.| Fuente: Shutterstock

Moisés y la zarza ardiente.| Fuente: Shutterstock

“Yo, soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus angustias. Por eso he descendido para librarlos de manos de los egipcios y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a una tierra que fluye leche y miel. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los hijos de Israel.”

A partir de ese momento, Moisés se dedicó a llevar a cabo su ardua misión, salvar a sus compatriotas de la opresión egipcia.

El profeta regresó a Egipto y trató de convencer al faraón de que dejase en libertad a los israelitas, pero el monarca se negó a dejarlos ir, ya que los necesitaba para sus obras de construcción.

Silueta de hombre rezando en la montaña.| Fuente: Shutterstock

Silueta de hombre rezando en la montaña.| Fuente: Shutterstock

Como consecuencia de su prohibición, Dios envió diez plagas sobre los egipcios y tras el terror causado por las mismas, el rey finamente permitió a los hebreos abandonar el país.

Cuando comenzó el éxodo, el faraón cambió de opinión y partió junto a un gran ejercito en busca de sus esclavos.

Al llegar a la costa, los hebreos quedaron atrapados entre el ejército egipcio y el mar. No obstante Dios intervino de nuevo, por mediación de Moisés y dividió las aguas del Mar Rojo, permitiendo que su pueblo cruzara con seguridad.

Ruta del Éxodo de Moisés cruzando el mar rojo.| Fuente: Shutterstock

Ruta del Éxodo de Moisés cruzando el mar rojo.| Fuente: Shutterstock

Sin embargo, cuando el ejército trató de seguirlos las aguas volvieron a su cauce ahogándolos a todos.

Tres meses después que los israelitas salieron de Egipto, Dios entregó los Diez Mandamientos directamente a Moisés, en el Monte Sinaí. Los mismos, constituyen las leyes básicas de cumplimiento obligatorio para el pueblo hebreo.

La marcha a través del desierto para los judíos fue dura y en muchas ocasiones quisieron abandonar a su Dios y regresar a Egipto, por ello el profeta tuvo que hacer frente a esta situación.

Durante el resto de su vida se dedicó a guiar a un pueblo rudo y obstinado. Lamentablemente cuando se hallaba cerca de entrar en la tierra prometida murió y nunca pudo entrar en Canaán.

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